Hacer
una biografía extensa de alguien que tiene tan sólo 24 años es ilusorio,
pero si existe una palabra que pueda definir bien a Cristina Pilar Prieto
Overeem es "precoz", porque, tal como se verá a continuación,
en su corta estancia por nuestro planeta, ha acelerado su vida al máximo,
viviendo cada instante sin darse respiro y aprovechando el día
siempre.
Nació en Santiago el 25 de septiembre de 1976. Su padre es ingeniero
chileno y su madre es originaria de Holanda.
Muy inquieta y mañosa, ya en el prekinder se arrancaba de las clases
para ir a esconderse a unas cuevas de quilas.
A los siete años, ocurrió un evento importante cuando
su familia se mudó a Pirque porque sus padres estaban aburridos
de Santiago
y no querían que sus hijos se educaron en un ambiente contaminado.
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Allí pasó buenos momentos, con recuerdos de muchos amigos,
familiares y primos, jugando y aprendiendo.
En el colegio era muy desordenada pero le iba bien en los estudios,
siempre entre los tres mejores de su curso. Le gustaba mucho los ramos
de Historia, Geografía y Biología, mas la contraparte eran
Matemática, Química y Física, cursos que sencillamente
detestaba. Curiosamente, Educación Física tampoco estaba
dentro de sus gustos porque separaban los grupos en hombres y mujeres;
aquellos saltaban y hacían cosas interesantes, mientras que las
niñas sólo se dedicaban a gimnasia rítmica. Incluso
probó suerte con el tenis, pero tuvieron que pasar dos años
antes de reconocer que era algo para lo cual no estaba destinadaSu familia
tenía la costumbre de visitar los alrededores de Santiago en carpa,
salidas que fueron las primeras experiencias que tuvo Cristina en la naturaleza.
Más tarde, a los 16 años, participó en una cabalgata
que recorrió la cordillera durante una semana. Fue tanto el placer
que, terminado el viaje, despertaba llorando todos los días deseando
regresar al entorno agreste y solitario de la cordillera.
Fue entonces que terminó el colegio y entró a estudiar
Arqueología
en la Univesidad de Chile. Aburrida, un día, se dirigió
al Club Alemán Andino y, sin conocer a nadie, se presentó
sola manifestando su interés. La miraron como objeto raro, pero
consiguió hacer amistades y, mejor aún, empezó a
salir los fines de semana con gente de intereses semejantes.
Trabajó un cierto tiempo como promotora, pero tenía el
problema que llegaba con rasguños y moretones por la actividad
del fin de semana. A sus jefes no les gustaba esta situación y
la obligaron a optar, pero ante la disyuntiva, Cristina prefirió
seguir caminando y subiendo cerros.
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Más tarde, Andrés Zegers y Waldo Farías le enseñaron
a escalar. Así, se amplió el horizonte de oportunidades
y comenzó a visitar lentamente los lugares de escalada clásicos
en Santiago.
Hizo la primera repetición de la Placa Roja por la ruta de los
Tres Chiflados, "Historia sin Fin" en San
Gabriel, los Espolones, Arenales en Argentina y las Torrecillas
del Manzano.
Después de un año mejorando la técnica, escucho
hablar de la Escuela NOLS
y postuló a una beca para permanecer un semestre en Patagonia,
concursó que ganó pero para una vacante en Septiembre. Ella
había solicitado viajar en el verano para aprovechar las vacaciones
en la Universidad, pero ante el problema, y como no le gustaba mucho la
carrera, sencillamente se fue sin sin decirle nada a nadie.
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