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diferencia de las culturas primitivas que habitaban en torno a los Andes,
los pueblos que vivían a los pies de los Himalaya
los reverenciaban como moradas de los dioses y, como tal, intocables y
sagradas. Por eso, no fueron escaladas hasta antes del siglo XX.
Con respecto al Everest, los primeros
datos que se tienen derivan de un mapa del siglo XVIII donde aparecía
una montaña con el nombre de Tschoumou-Lanckma, es decir, la Diosa
Madre de la Tierra, pero recién en 1847 hubo conocimiento de la
enorme altura de este macizo, casi rozando los 9.000 metros.
Fueron necesario esperar 9 años para procesar esta información
y hacerla oficial con 8.840 metros, sólo 8 menos que la altura
oficial hoy.
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La polémica del nombre duró otros nueve años más.
El ya jubilado topógrafo jefe, George Everest, deseaba respetar
el nombre original, tal como se había hecho con el resto de los
picos, pero su sucesor deseaba honrarlo por su gran trabajo y convenció
en 1865 a la Royal Geographical
Society para que bautizara a la montaña como Everest.
El primer intento serio por subirlo, o mejor dicho, por intentar acercársele,
se debe al capitán John Noel quien logró en 1913 introducirse
clandestinamente en Tíbet
(entonces cerrado a los extranjeros) y realizar algunas mediciones preliminares
de lo que sería la aproximación por el lado norte. Fue sorprendido
por la población nativa y debió huir.
Llegó la Primera Guerra Mundial y un receso obligado. Luego,
Francis Younghusband hizo popular en Inglaterra la idea de escalarlo,
haciendolo un asunto de importancia nacional. Mediante "sutiles"
presiones lograron obtener el permiso del Tibet para entrar en el Himalaya
y se lanzaron a la conquista.
La primera expedición partió en 1921, en la cual ya participaba
George Mallory: descubrieron la entrada por el glaciar del Rongbuk Este
pero se vieron detenidos a 7.500 metros. Vuelven en 1922, dirigidos por
Charles Bruce, y con la participación de Noel, Mallory y Somervell:
usaron oxígeno y llegaron hasta 8.300 metros, antes que el mal
tiempo y las avalanchas los obligaran a retroceder.
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Finalmente en 1924 hubo un tercer intento británico que terminó
en la ya conocida y famosa epopeya de George
Mallory y Andrew Irvine, desapareciendo ambos en la niebla en algún
lugar de la arista cimera.
Aún persiste el misterio acerca de que tan alto llegaron, y si
hicieron cumbre o no.
Hubo más expediciones en la década de los 30 y los 40,
pero ninguno pudo superar la marca de 8.500 metros impuesta por la de
1924 (si es que no llegaron a la cumbre). Después vendría
el paréntesis de la Segunda Guerra Mundial. Terminada ésta,
infortunadamente, China
invadió el Tibet
y la región fue nuevamente cerrada a los extranjeros a comienzos
de los 50, bloqueando con ello el acceso a la ruta por la vertiente norte.
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