La tasa de éxito de ascensos chilenos en los Himalayas en la última década es casi
perfecta: de doce intentos, diez cumbres. Y si ampliáramos este período a
los más de veinte años de historia del himalayismo nacional (los fracasos se concentran al inicio), aún así el promedio sería más que bueno: 7 de 14, es decir,
un 50% de efectividad. Este hecho permite vislumbrar que los montañistas nacionales, en su
conjunto, ya tienen resuelto el problema de organizar un viaje a los Himalayas y
volver con un intento serio de cumbre en su maleta.
Sólo considerando este factor, la cantidad de ochomiles, surge naturalmente un objetivo válido, importante y que representa un avance: lograr las 14 cumbres que superan los 8.000 metros, meta explícita que ya se han propuesto algunos montañistas nacionales.
En estos instantes, Chile ya cuenta con 7: Everest, K2, Makalu, Cho-Oyu,
Shishapagma, Gasherbrum II y Broad Peak. Hoy mismo, una expedición de
la USACH está en plena expedición al Hidden Peak y ya hay proyectos
en una etapa avanzada de planificación al Dhaulagiri, Annapurna y el Kangchenjunga.
Si bien es cierto que algunos de los que faltarían son complicados, como el Nanga Parbat, no es aventurado decir que tal objetivo está a nuestro alcance.
Para hacerse una idea, en sudamérica ningún país lo logra, pero es obvio que ya existe una implícita
competencia. Obtener la situación actual no es fácil por la desinformación reinante y dado lo dinámico de los eventos, pero en base a datos disponibles hoy, Argentina tendría 6 (Dhaulagiri, Cho-Oyu, K2, Shishapagma, Everest y Lhotse); Bolivia, 1 (Everest); Peru, 2 (Everest y Cho-Oyu); Colombia, 3 (Broad Peak, Cho Oyu y Everest); Venezuela, 3 (Cho Oyu, Shishapagma y Everest); Brasil, 5 (Everest, Shishapagma, Cho Oyu, Gasherbrum II y K2) y Ecuador, 4 (Everest, Manaslu, Shishapagma y K2).
Si se fijan, aún no existen ascensos registrados al Annapurna, Nanga Parbat, Kangchenjunga y Hidden Peak.
Hasta aquí bien.
Si ampliamos la mirada al mundo latino, la actividad de México descolla y se muestra superior bajo todos los criterios. De partida, tienen el desempeño excepcional de Carlos Carsolio quien subió las catorce ochomiles en 11 años (1985-1996), conviritiéndose en el cuarto hombre en realizarlo tras Messner, Kukuczka, Loretan. Cuando termino tenía 33 años.
Y no es un caso aislado. Si hacemos el ejercicio intelectual de "borrarlo" de las estadísticas, aún así, ustedes encontrarán más de 9 escaladores aztecas sobre el Everest y múltiples ascensos de hombres y mujeres sobre el Cho Oyu, Gasherbrum II, Broad Peak, Shishapagma y Manaslu.
Más allá del continente no vale la pena realizar análisis porque estamos atrasados treinta años. Si quisiéramos realizar un verdadero aporte, deberíamos tratar de buscar otros aspectos, tales como la dificultad o el estilo, siempre teniendo en cuenta que salvo honradas excepciones no hemos sido capaces de
despegarnos de las rutas normales, ni ir más allá de lo establecido.
Por ejemplo, analicemos el caso del oxígeno, cuyo uso en algunos círculos de opinión se considera como doping.
Los desempeños de Montes, García-Huidobro, Purcell, Olivares o Luchsinger demuestran que fisiológicamente los montañistas nacionales son capaces de alcanzar altas cotas prescindiendo del oxígeno. El problema es otro. Para que una ascención se considere "oxygenless", es requisito fundamental no usarlo nunca, ni en la subida, ni en la bajada. Esto significa que quien desee realmente ascenderlo sin su uso, debe tomar la decisión antes de partir, en el base, o incluso en su casa. Si lo pospone una y otra vez esperando la siguiente cadena de eventos, a la larga... terminará usándolo.
Sigamos comparándonos con nuestros vecinos. El argentino Heber Orona escaló el Everest sin oxígeno y Sebastián de la Cruz hizo lo propio en el K2 por una ruta parcialmente nueva dentro de una expedición española. Es más, llegó a la cumbre y tocó "El Condor Pasa" con una flauta traversa, devolviéndole algo del carácter lúdico que debiera tener el montañismo.
Pero hay más. El ecuatoriano Iván Vallejos (que está intentando ascender las 14 cimas por si solo), ha escalado el Everest dos veces sin oxígeno por dos rutas distintas (rutas Mallory y Normal) y tampoco lo empleó cuando subió el K2.
En el mundo ya son más de cien montañistas los que han logrado el Everest sin oxígeno. O sea si hoy un chileno lo hiciera... no haríamos nada especial, solo estaríamos poniéndonos al día veinte y tres años después que Messner y Habeler lo hicieran por primera vez.
Pasemos a otro punto y evaluemos el estilo.
Ninguna cordada chilena ha intentado un ochomil en estilo alpino, ninguna en invierno, ninguno en solitario (solitario significa eso, solo, sin nadie nunca a tu lado), ninguna vía técnica con alto grado de compromiso (a excepción por supuesto de la Expedición al Everest por la vía del Kanshung), no hemos abierto ninguna ruta nueva y no tenemos ningun "record" relevante.
Pero pasa lo mismo en el resto de Sudamerica. Todas las expediciones aquí comentadas se realizaron sobre rutas normales o bien implementadas, con cuerdas fijas y un soporte razonable de otras expediciones. Si Chile logra formar una nueva generación de montañistas que privilegien el estilo por sobre el objetivo, entonces podríamos calificar para estar en la vanguardia deportiva de nuestro subcontinente.
Fuera de ésta, inmediatamente encontramos el extraordinario performance de Carsolio, quien pusó la vara muy alta al escalar en solitario el Makalu y el Kanchenjunga. Por si no fuera poco, en el Broad Peak y en el Gasherbrum II, además de alcanzar la cumbre sin compañía de nadie, lo hizo por rutas nuevas. Fuera del continente, los británicos, franceses, polacos, eslovenos y, ultimamente los rusos, abren rutas nuevas como quien hace la compra de la semana en el supermercado. Sus éxitos son tantos y de tal nivel que no nos queda más que reconocer que estamos a años luz de ellos.
Tal vez duela, pero la consecuencia obvia de estos datos es que el himalayismo chileno es una actividad subdesarrollada.
Para las mujeres la situación es algo más benigna.
Retomando el objetivo de cantidad de ochomiles subidos, hoy no existe ninguna mujer que haya ascendido los catorce. Curiosamente, quienes realmente se lo propusieron fallecieron en su intento, como la polaca Wanda Rutkiewicz (con 8, desaparecida en el Kangshenjuga en 1992: tercer ascenso femenino del Everest, Nanga Parbat en estilo alpino, primer ascenso femenino al K2, tercer ascenso femenino al Shishapagma, Gasherbrum II, cuarto ascenso femenino al Hidden Peak, Cho Oyu y segundo ascenso femenino del Annapurna), la francesa Chantal Mauduit (con 6, desaparecida en el Dhaulagiri en 1998: cuarto ascenso femenino y primero sin oxígeno al K2, Cara Sur del Shishapagma, Variante Polaca al Cho Oyu, Manaslu, Lhotse, Gasherbrum II) y la inglesa Ginette Harrison (con 4, fallecida en el Dhaulagiri en 1999: Makalu, primer y único ascenso femenino al Kangshenjunga vía Cara Noroeste, Cho Oyu y Everest).
Hay otros espacios vacíos. El Kangshenjunga sólo ha sido subido una vez por mujeres (la escalada ya señalada de Harrison) y el Lhotse en cuatro. Si hurgamos un poco, descubriremos que no existen invernales a varias de estas montañas y muchas rutas no cuentan con presencia femenina.
Por eso el éxito de Prieto (en el Cho Oyu y en el Everest), sumados a los de Soto y Cuq, ponen al país a la vanguardia en Sudamérica e incluso cerca del liderazgo indiscutido de México (en este país, Elsa Ávila ha escalado el Everest, el Shishapgama y el Cho Oyu y Karla Wheelock ha hecho lo mismo con el Everest y el Cho Oyu).
Así que las oportunidades para ellas están ahí, esperando. Basta que alguna escaladora ambiciosa y bien dotada se lo proponga y podrá tocar el cielo.
Porque después de todo, de eso se trata.
Atreverse.
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