Esta historia es bien distinta a las anteriores.
De partida, es la aventura menos conocida para los fanáticos del montañismo chileno. No puede evaluarse dentro de un criterio deportivo e incluso no cabe dentro de lo que nosotros entendemos por una expedición. Sin embargo es una experiencia válida e ilustrativa acerca de las diversas opciones que existen hoy para quienes desean intentar algún ascenso en los Himalayas y, mal que mal, es una reporte real de un chileno en un ochomil.
El nombre de Joaquín Oyarzún puede ser reconocido inmediatamente como el especialista nacional del kilómetro lanzado, deportista de elite que tuvo su espacio en los medios de comunicación algunos años atrás.
Del mundo del esquí derivó al montañismo, en un proceso personal, privado y enfocado a lo vivencial. Así, por puro gusto, sin decirle nada a nadie y haciendo uso de sus contactos, compró un cupo dentro de una expedición comercial y se dirigió al Shishapagma el año 2000 para intentar la ruta normal, aquella ascendida por Purto en 1991.
El 17 de abril estaba en Katmandú y se integró al grupo compuesto por escaladores de todo el mundo. El 20 llegó al Base (5.000 m.). El 23 estuvo en el Base Avanzado (5.500 m.). A principios de mayo ya había alcanzado el Campo II, donde dejó sus pesados esquís y descartó la idea de descender esquiando desde la cumbre. Días más tarde dio fin a su ciclo de aclimatación después de subir en varias ocasiones hasta los 6.500 mts.
Para entender bien lo que Oyarzún vivía, habría que acotar que él no calzaba en absoluto dentro del prototipo del montañista experto. No llevaba arnés, mosquetones o descendedores, tan sólo un par de grampones comprados antes de partir. Pero se las ingenió para juntar algo de material en el transcurso del ascenso y así pudo hacer uso de la cadena de seguridad que existía en el cerro.
Inició su intento de cumbre el 12 de mayo. Subió al Campo I, luego el II y el 14 arribó al III (7.200 m.). Descansó un día y el 15 partió a las 5.00 AM en pos de la cumbre, acompañado de un suizo, un francés y un sherpa nepalí.
Subieron 150 o 200 metros y pronto llegaron a los cuerdas fijas. Oyarzún no sabía como usar un ascendedor, pero el francés le enseño prestamente el sistema de progresión. Curiosamente, disfrutó del movimiento y comenzó a sentirse mejor a medida que subía, más relajado, más fuerte y con más confianza. Pero antes de llegar al filo somital vió que se venía el mal tiempo y tuvo el criterio suficiente para devolverse después de alcanzar la Cumbre Central del Shishapagma (8.022 m.). Continuar a la Principal hubiera sido una locura bajo tales condiciones.
En la bajada no tuvo incidentes y estuvo de regreso en Katmandú el 22 de mayo, completando casi un mes de viaje.
Oyarzún no usó oxígeno. Como tenía un cupo dentro de una expedición comercial, no tuvo que preocuparse de la logistica del Base, así como tampoco de las carpas de los campamentos superiores. Pero el resto de los ítems (comida, ropa, agua, etc.) debió ser transportado por cada integrante a su criterio.
Para efectos del tajante criterio deportivo que se ha utilizado en este ciclo de reportajes, su ascenso debe catalogarse como "Intento". Pero dada la connotación vivencial que Oyarzún le ha dado a estas experiencias, este juicio es intrascendente o equivocado, porque para él lo más importante fue disfrutar a plenitud la experiencia, olvidándose de los compromisos y el ruido que éstos conllevan.
Y es probable que su ejemplo será imitado en los próximos años.
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